Nancy Nelson le tiene miedo al dentista. Se puede poner tan nerviosa que su mandíbula se descuadra. Pero hace 25 años —hoy tiene más de 60— empezó a venir al dentista en Los Algodones, México, y no volvió a tener ese problema.

«Son muy amables, cariñosos y considerados con mi fobia», dice, mientras hace fila para volver a Estados Unidos. Los Algodones es un pequeño pueblo mexicano de 10.000 habitantes en la frontera con Estados Unidos donde uno de cada diez habitantes es dentista.

El dato me lo confirma la alcaldesa, Herminia Marín; también dentista. Le llaman «la capital mundial dental», o «ciudad muela».

Y cada día es visitado por entre 3.000 y 5.000 norteamericanos que vienen no solo al dentista, sino a tomarse un par de margaritas, comerse unos tacos y bailarse unas «rolas».

Nancy vive en un pueblo de Wisconsin llamado Cleveland que está a 3.000 kilómetros de esta población. Es febrero y por estos días la temperatura en el norte de EE.UU. promedia los cero grados centígrados. Se reporta una tormenta, nieve. Y acá, mientras tanto, hace sol y la temperatura no baja de los 15.

Su esposo Bruce, un grandulón de bigote ranchero que lleva una gorra con la frase «no estoy en el campo porque estoy acá», añade: «Volamos hasta aquí (Arizona), alquilamos un coche, nos quedamos un par de noches, fuimos al dentista, nos ahorramos miles de dólares y de paso disfrutamos de unas agradables vacaciones».

Como esta pareja de jubilados, gente de toda Norteamérica se desplaza al sur de Estados Unidos sobre todo durante los meses invernales; parquea su auto en un gigante estacionamiento y cruza la frontera a pie para entrar a Los Algodones.Alguna jerga coloquial les llama «los ángeles de la nieve», o «las aves migratorias».Son turistas que luego se van de México con una sonrisa reluciente, fascinados por la hospitalidad de meseros y dentistas. Un flujo migratorio que revela cómo es —o cómo ha sido por décadas— la interacción cultural y comercial entre mexicanos y estadounidenses, a pesar del muro de acero de 10 metros de alto que se ve desde cualquier punto del pueblo.

Roger Graves es un veterano de guerra de Florida que vino con su esposa y su hija por cuarta vez a Los Algodones a hacerse tratamientos dentales. Esta vez se quedaron un par de noches, y hacen su fila para volver a cruzar la frontera con maletas; entre vendedores ambulantes de artesanías y alimentos mexicanos.

«Yo tengo seguro médico por ser veterano, pero no incluye tratamientos dentales, y como mis ingresos son los de un retirado, así como los de mi esposa, esta opción es muy buena para nosotros», dice.Según sus cálculos meticulosos, se ahorró entre un 67% y un 75% de dinero con venir acá.

«El sistema médico estadounidense necesita ser arreglado, es demasiado caro», añade, en una queja que todos los entrevistados repiten.

«Es un sistema inflado, solo un poco», dice con ironía June Spinler, originaria de Iowa pero que pasa los inviernos en el sur.Y Juan Ramón Soto, un campesino de origen mexicano que es ciudadano estadounidense, añade: «Me puedo sacar todos los dientes aquí y ponérmelos de nuevo y aun así me va a salir más barato que sacarme una muela allá».

Con información de: BBC

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