José Alfredo Jiménez, El rey, sigue vivo. La música, el amor, y el género ranchero lo han eternizado. Prueba de ello son los cientos de personas que se han reunido para festejarlo este lunes, a un siglo de su natalicio.
Y qué mejor sede que este corazón musical que es Garibaldi, que palpita, que es una zona de fiesta, de cantinas, donde los cariños y las caricias han sido el lenguaje de cientos de historias de amor, tristeza y dolor. Aquí, las letras que creó José Alfredo se vuelven carne.
Desde las 17 horas una pequeña cantidad de público esperaba impaciente el concierto. En la plaza de Garibaldi, con su icónico kiosko pequeño, a lo lejos resuena una trompeta, un guitarrón proveniente de un grupo de mariachis que dedicaban una canción a una señora y su pequeña.
Nada importa el frío o el que sea lunes, hoy, al calor de un tequila, un mezcal o de la mano de su pareja, la música de José Alfredo regresa a animar esta plaza. Para la celebración se han reunido dos grupos musicales y el mismo número de solistas: El mariachi Los gavilanes de José Alfredo, Percy, María Elene Leal y Gabriel Solís.
Y sus canciones, que suman más de 300, hoy se entonan como himnos al orgullo, al desamor, a la tristeza, son una parte fundamental de la cultura de la mexicanidad.
El público, conformado en su mayoría por jóvenes y adultos mayores entonan las canciones “el amor no me interesa, cantaré por todo el mundo, mi dolor y mi tristeza”.
“El día de hoy es muy especial, tengo el honor de ser su nieto menor, José Alfredo fue un hombre que supo llorar de frente y sin miedo”, dijo su nieto Ángel Jiménez.
Pero a través del cariño, de la memoria, del amor, el Rey sigue con vida en los romances, en el calor y la alegría. Y su historia como un hombre que llora de frente lo inmortaliza ante la vasta historia musical.
Con información de: La Jornada
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