El estadio Corregidora tiene una carga simbólica que pesa cuando se juega un partido de futbol. Aunque los controles de seguridad se han reforzado, el recuerdo del 5 de marzo de 2022, cuando aficionados del Querétaro y Atlas protagonizaron enfrentamientos en las gradas, actúa como una advertencia de que un error en la cadena de mando puede tener consecuencias.
Aquel estigma converge con una crisis externa: la espiral de violencia que sacude a Jalisco y condiciona la movilidad en diversas carreteras. Bajo ese contexto, la victoria de México contra Islandia (4-0) no sólo prueba que el deporte es todavía un espacio familiar, sino también el alcance de autoridades federales y estatales para refrendar la organización de la Copa Mundial de la FIFA a menos de cuatro meses de su comienzo.
El despliegue operativo que reunió a elementos de la Guardia Nacional, el Ejército mexicano y la Policía estatal alrededor del recinto responde a la inquietud de una audiencia que aún asocia el trayecto a un encuentro de futbol con la vulnerabilidad.
Más allá de los goles y el desempeño del equipo, la importancia del evento radica en la recuperación de la narrativa. Si la imagen del Corregidora dio la vuelta al mundo como un símbolo global de viol3ncia, ayer pretendió mostrar que Querétaro, al igual que otras sedes en el país, tiene el rigor operativo necesario para transformar un recinto marcado por el trauma en un lugar confiable para el escenario internacional.
Con información de: La Jornada
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