La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) fue un movimiento político y social que nació para combatir las prácticas autoritarias y corporativas del sindicato magisterial, sin embargo, terminó por reproducir las mismas prácticas de las cuáles renegó.
En su reciente investigación titulada «Maestros bajo control: Clientelismo político en la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación», el autor Alberto Sánchez Cervantes ofrece una radiografía sobre cómo en este movimiento los derechos laborales no dependen del mérito académico, sino de una lealtad ciega y una participación forzada en movilizaciones políticas.
Uno de los hallazgos más contundentes del autor es la existencia de mecanismos de control como la constancia de participación sindical o «marchómetro». Según explica el libro, este documento es la «llave de entrada» para que un docente pueda acceder a cambios de adscripción, ascensos, incremento de horas o incluso préstamos económicos.
Sánchez Cervantes documenta testimonios donde se afirma que «la prioridad la tiene la participación en las movilizaciones» por encima de cualquier grado académico, ya que «tener un título de doctorado o maestría no garantiza que tengas un nivel de conciencia» ante los ojos de la dirigencia. Este sistema crea una relación asimétrica donde el docente es un «cliente» que debe ofrecer servicios personales y lealtad a cambio de protección o beneficios materiales.
El autor caracteriza a la CNTE como un poderoso grupo de presión que utiliza la amenaza y el sabotaje para influir en el poder político. La táctica central se resume en la fórmula «movilización-negociación-movilización». Bajo este esquema, la CNTE escala sus acciones —desde bloqueos de carreteras y aeropuertos hasta la toma de vías férreas— para obligar al gobierno a sentarse a negociar bajo coacción.
Sánchez Cervantes describe este proceso como «la difícil, compleja e imposible negociación exitosa». El libro señala que cualquier acuerdo alcanzado en la mesa de diálogo es intrínsecamente inestable, ya que los líderes siempre advierten que los resultados deben ser avalados por las asambleas de base. Como resultado, «cuando la autoridad llega a acuerdos con los dirigentes de la CNTE, lo más seguro es que nada es seguro», pues la asamblea puede rechazar los pactos y radicalizar su postura en cualquier momento.
El reportaje no elude los episodios de violencia y vandalismo que han marcado la historia reciente de la Coordinadora. Se documentan agresiones físicas contra periodistas, el saqueo de tiendas departamentales y la quema de vehículos durante jornadas de protesta.
Particularmente crudo es el relato sobre la práctica de «rapar a la persona», utilizada como un castigo ejemplarizante para humillar a quienes se oponen a los paros o deciden evaluarse conforme a la ley. El autor cita casos en Comitán, Chiapas, donde docentes fueron obligados a caminar descalzos y fueron rapados contra su voluntad bajo insultos como «vendepatrias» o «traidores». Asimismo, el libro relata el ataque a Centros de Maestros en Chiapas, donde huestes de la CNTE incendiaron instalaciones y quemaron bibliotecas enteras en represalia por la impartición de cursos de actualización.
Con información de: La Silla Rota
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